Debo reconocer que esta película, "Florence Foster Jenkins," me ha hecho reír mucho. Casi muero de un infarto de tanto reírme. Me he reído bastante con la historia de la soprano estadounidense que se hizo famosa, irónicamente, por su completa ineptitud para el canto. Y se me hace todavía más interesante al saber que la vida de esta mujer que cantaba mal está basada en hechos reales.
La intención de este señor, el director británico Stephen Frears ("The Queen," "Philomena"), es la de contar la biografía de Florence Foster Jenkins usando los dotes actorales de la fabulosa Meryl Streep, quien en diversos papeles nos ha confirmado que tiene voz para cantar y para imitar acentos. Y todo le queda de maravilla interpretando a la cantante aficionada que canta ingenuamente, aun ignorando que le haría un favor a la humanidad si deja de hacerlo porque solo un sordo podría tomarse en serio las notas que salen de su boca.
Frears también nos habla de las frivolidades de una sociedad hipócrita embriagada por la vergüenza, sobre todo porque doña Florence, a pesar de ser una excéntrica sesentona que padece el síndrome de María Callas, desconoce que su mágica incompetencia para la ópera es una fuente certera de burlas sarcásticas y de ácidas críticas. Aunque eso no evita que ella cante, lo indudable es que su amor por la música es lo que la motiva a realizar sus sueños.
“La gente puede decir que no puedo cantar”, dice Florence a su cónyuge, “pero nadie puede decir que no canté”. Y la entendemos, pues es mejor morir en el intento que no intentarlo. La historia de Florence Foster Jenkins (Meryl Streep) comienza en la ciudad de Nueva York en los años 40, donde vive una aburguesada vida social con su esposo, el actor shakespeariano St. Clair Bayfield (Hugh Grant).
Como melómanos, disfrutan de las joyas melodiosas de Mozart, Beethoven, Chopin, Wagner, Brahms, Verdi y otros grandes compositores de la música clásica y de la romántica. Para ello fundan el Club Verdi, un grupo selecto del clan de la jactancia elitista que se reúne para celebrar la pasión que tienen por la música. Pero Florence tiene otra ambición latente: interpretar ópera. Lo que no sabe es que su ingenuidad y su actitud para vanagloriarse, le impiden reconocer que tiene una pobre habilidad para ser una soprano entusiasta.

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